Esta magnitud se ha presentado honda, demasiado rara;
tanto que mis ojos han evidenciado un perpetuo misterio:
el sondeo impetuoso de los extremos. Saben,
a veces tiendo a saltar, a huir, a quedarme maltrecho;
como si desaparecer acabara con la inquietud de cortarme los frenos
y sólo para saciar mi languidez. ¿Acaso, ustedes, imaginan
cómo me arquitecto? Esta arena es la que abate lo plácido,
la que fustiga las ostras en medio de la obstinación y el desgano
con imperceptibles veladas. ¿Para qué contemplar los rastros
si los moldes son fétidos y no dejan senderos y luego la espuma
los deshace en múltiples partículas? Ahora requerimos de la gran estrella
y un polvo más fértil que la simplicidad de los oleajes.
II
Todavía no he podido desdoblar mis espaldas, ni cambiar la brisa
y en verdad -cualquier estiramiento- generaría un dolor incalculable,
sobre todo si llegara a variar mis posturas, ahora que la búsqueda
se reporta inhóspita; al margen de mis inevitables impulsos.
Soy Afán el que establece lo imperioso, el que desvela y desnivela
las efervescencias, aunque al final de la noche, las ansias apremien enhiestas
y no se aplaquen los ácidos, ni la más mínima zozobra. ¡Cuidado! Alguien viene.
Urgido y su desesperación generan siempre esquizofrenias demasiado gástricas.
III
Han pasado horas y ni siquiera un augurio;
a pesar de las nigromancias. Todavía persisten los malditos ácidos
y estos desvaríos inquietos que desbordan mis calambres,
cuando la mañana se acerca con ridículos aciertos
y es inútil persistir, Afán, urgimos salir, dejarnos de crustáceos,
voltear no cuesta nada y en suma; antes que llegue el sol.
IV
No hay luz, tampoco una voz. Si miramos al cielo encontraremos una estrella
o el indicio del paisaje prometiéndonos el absoluto, en medio de la faz
y esperando el día, lejos de la contemplación e inmediatez.
La preclaridad jamás ha sido fácil, menos la comida.


