Solo una dieta degutante que aplaca los ácidos y nada llena.
Solo la bruma y el trabajo intenso sobre las orillas del mar.
Solo el silencio. Quiero vivir, dejar de sobrevivir.
Quiero rondar y bailar con agüita de azahar; sin la plantígrada
que regula y gobierna el occidente. A estas alturas
el camino es demasiado rancio, aunque persista el aire
y la sal apacigüe la cacosmia que nos aleja, súbita,
de los asquerosos muimuyes, no; no hay paz que me detenga.
II
A veces, caen piedras muy grandes, tanto que los autos
terminan abollados y el susto pande entorpeciendo
a los ritos que corean la noche. En la playa existe demasiado polvo,
y ni un solo faro, por ello son impredecibles los tramos;
aunque el aire se dilate y las corridas me empujen con incesantes golpes.
Da flojera conseguir una garrocha y remover la piedra para nada.
III
La ceguera instiga a la dejadez y el desabrimiento
aparta nuestra empresa al borde del inicio sin haber
auscultado los fétidos olores, es demasiado todo esfuerzo
y a pesar de ello, se insiste en la enorme piedra y en el albur
de las providencias venideras, como si para calmar el hambre,
precisáramos de alguna estúpida estrella ¿Puedo acaso vivir de la quimera?
IV
Aquí solo entramos apretados, pero al menos no se insiste
con la enorme piedra o la estrella extenuante.
Siempre la ventana es más firme que nuestra cruz remota.
viernes, enero 12, 2007
AFÁN
Esta magnitud se ha presentado honda, demasiado rara;
tanto que mis ojos han evidenciado un perpetuo misterio:
el sondeo impetuoso de los extremos. Saben,
a veces tiendo a saltar, a huir, a quedarme maltrecho;
como si desaparecer acabara con la inquietud de cortarme los frenos
y sólo para saciar mi languidez. ¿Acaso, ustedes, imaginan
cómo me arquitecto? Esta arena es la que abate lo plácido,
la que fustiga las ostras en medio de la obstinación y el desgano
con imperceptibles veladas. ¿Para qué contemplar los rastros
si los moldes son fétidos y no dejan senderos y luego la espuma
los deshace en múltiples partículas? Ahora requerimos de la gran estrella
y un polvo más fértil que la simplicidad de los oleajes.
II
Todavía no he podido desdoblar mis espaldas, ni cambiar la brisa
y en verdad -cualquier estiramiento- generaría un dolor incalculable,
sobre todo si llegara a variar mis posturas, ahora que la búsqueda
se reporta inhóspita; al margen de mis inevitables impulsos.
Soy Afán el que establece lo imperioso, el que desvela y desnivela
las efervescencias, aunque al final de la noche, las ansias apremien enhiestas
y no se aplaquen los ácidos, ni la más mínima zozobra. ¡Cuidado! Alguien viene.
Urgido y su desesperación generan siempre esquizofrenias demasiado gástricas.
III
Han pasado horas y ni siquiera un augurio;
a pesar de las nigromancias. Todavía persisten los malditos ácidos
y estos desvaríos inquietos que desbordan mis calambres,
cuando la mañana se acerca con ridículos aciertos
y es inútil persistir, Afán, urgimos salir, dejarnos de crustáceos,
voltear no cuesta nada y en suma; antes que llegue el sol.
IV
No hay luz, tampoco una voz. Si miramos al cielo encontraremos una estrella
o el indicio del paisaje prometiéndonos el absoluto, en medio de la faz
y esperando el día, lejos de la contemplación e inmediatez.
La preclaridad jamás ha sido fácil, menos la comida.
tanto que mis ojos han evidenciado un perpetuo misterio:
el sondeo impetuoso de los extremos. Saben,
a veces tiendo a saltar, a huir, a quedarme maltrecho;
como si desaparecer acabara con la inquietud de cortarme los frenos
y sólo para saciar mi languidez. ¿Acaso, ustedes, imaginan
cómo me arquitecto? Esta arena es la que abate lo plácido,
la que fustiga las ostras en medio de la obstinación y el desgano
con imperceptibles veladas. ¿Para qué contemplar los rastros
si los moldes son fétidos y no dejan senderos y luego la espuma
los deshace en múltiples partículas? Ahora requerimos de la gran estrella
y un polvo más fértil que la simplicidad de los oleajes.
II
Todavía no he podido desdoblar mis espaldas, ni cambiar la brisa
y en verdad -cualquier estiramiento- generaría un dolor incalculable,
sobre todo si llegara a variar mis posturas, ahora que la búsqueda
se reporta inhóspita; al margen de mis inevitables impulsos.
Soy Afán el que establece lo imperioso, el que desvela y desnivela
las efervescencias, aunque al final de la noche, las ansias apremien enhiestas
y no se aplaquen los ácidos, ni la más mínima zozobra. ¡Cuidado! Alguien viene.
Urgido y su desesperación generan siempre esquizofrenias demasiado gástricas.
III
Han pasado horas y ni siquiera un augurio;
a pesar de las nigromancias. Todavía persisten los malditos ácidos
y estos desvaríos inquietos que desbordan mis calambres,
cuando la mañana se acerca con ridículos aciertos
y es inútil persistir, Afán, urgimos salir, dejarnos de crustáceos,
voltear no cuesta nada y en suma; antes que llegue el sol.
IV
No hay luz, tampoco una voz. Si miramos al cielo encontraremos una estrella
o el indicio del paisaje prometiéndonos el absoluto, en medio de la faz
y esperando el día, lejos de la contemplación e inmediatez.
La preclaridad jamás ha sido fácil, menos la comida.
HABITÁCULO
La visión no es la misma tras el parabrisas que bajo la luna
menos desde el acantilado. Aquí la atmósfera influye
sobre la acumulación de los vehículos en movimiento, color y forma,
así lo oblicuo, junto a los paneles viejos; por esencia
el parqueo contrapone el espíritu a los gestos,
allí donde las aguas conjugan a las voces en una sola identidad.
Es imposible centrar la mirada, permanecer de pie, abrir los ojos;
si el piso vibra en la incomodidad de lo fortuito y los humores
envanecen hasta el final en el rebalse.
II
El resplandor es demasiado débil y sobre la orilla brota un intento
por entender al mar, descomprimirme a latigazos
como si el arrastre delatara mi percepción eterna del paisaje,
la formación temprana de los hombros; mis texturas.
Mis alientos y mis flujos se desarrollan, la sal y el rumor
ondean con fuerza, persisten los muimuyes y la curiosidad;
la incertidumbre; es lo único que hay.
III
Hay una enorme burbuja, un colapso intestinal.
En mis entrañas brotan cientos de ácidos
Mientras la emergencia de cangrejos intempestos,
llama la anorexia, con la negación absoluta del silencio,
la desdentez pérfida de mi boca.
A éstas alturas es imposible la ingestión de crustáceos,
si la efervescencia no comulga con las olas
o su abundancia nos satura de fósforo.
Para cualquier renacuajo es preferible contener primero los impulsos.
IV
Sobre la arena solo hay zapatos viejos, bolsitas de látex,
sucios boletos, la posibilidad inoportuna de coger una alergia
en suma nada -salvo las huellas- de una enorme incertidumbre.
menos desde el acantilado. Aquí la atmósfera influye
sobre la acumulación de los vehículos en movimiento, color y forma,
así lo oblicuo, junto a los paneles viejos; por esencia
el parqueo contrapone el espíritu a los gestos,
allí donde las aguas conjugan a las voces en una sola identidad.
Es imposible centrar la mirada, permanecer de pie, abrir los ojos;
si el piso vibra en la incomodidad de lo fortuito y los humores
envanecen hasta el final en el rebalse.
II
El resplandor es demasiado débil y sobre la orilla brota un intento
por entender al mar, descomprimirme a latigazos
como si el arrastre delatara mi percepción eterna del paisaje,
la formación temprana de los hombros; mis texturas.
Mis alientos y mis flujos se desarrollan, la sal y el rumor
ondean con fuerza, persisten los muimuyes y la curiosidad;
la incertidumbre; es lo único que hay.
III
Hay una enorme burbuja, un colapso intestinal.
En mis entrañas brotan cientos de ácidos
Mientras la emergencia de cangrejos intempestos,
llama la anorexia, con la negación absoluta del silencio,
la desdentez pérfida de mi boca.
A éstas alturas es imposible la ingestión de crustáceos,
si la efervescencia no comulga con las olas
o su abundancia nos satura de fósforo.
Para cualquier renacuajo es preferible contener primero los impulsos.
IV
Sobre la arena solo hay zapatos viejos, bolsitas de látex,
sucios boletos, la posibilidad inoportuna de coger una alergia
en suma nada -salvo las huellas- de una enorme incertidumbre.
ENIGMA
Es verdad
Que para demostrarte que no le temo a las rocas
ni a las jergas roídas,
delimité la longitud ceñida de tus jeanes
y los sillones de estambre donde sedentabas
mientras el aire débil corría por la sala y yo,
(sumido en la arquitectura de esta rectora alusión)
quise apostar a tu ombligo.
Pero sólo hallé la imagen de una blusa hippie
y ese modelo cerrado de sandalias
como si precisaras de un hermético enigma, más...
Fueron pocas las veces que pudiste enseñar tu slip, pocas
o llevar una flor, si nunca mostraste ni un pie.
Y es difícil entrar en ti, muy difícil y peor aún…
Articular con sensatez la conjunción de este lenguaje.
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