Es inevitable la fragilidad frente a las grandes metáforas.
Trazar una luz, por ejemplo, puede alejarnos del inicio
o asentar la fatiga prolongando el curso que provoca
respuestas inesperadas. No importa si tanteamos,
nuestra llegada someterá las cadencias a flujos insaciables
con la esperanza de lograr algún cuerpo en medio de la opacidad.
La imagen real no es una foto, es solo la imagen del silencio
y su pulso a cuestas siempre lo demás.
jueves, marzo 29, 2007
domingo, febrero 25, 2007
VAHO
Tienes los dientes entreabiertos
y la mirada
emposada
en el café. Las migajas caen del plato;
y sobre la alfombra:
una cuchara está enmohecida por el vaho.
A estas alturas
cualquier palabra puede ser inoportuna.
y la mirada
emposada
en el café. Las migajas caen del plato;
y sobre la alfombra:
una cuchara está enmohecida por el vaho.
A estas alturas
cualquier palabra puede ser inoportuna.
viernes, enero 12, 2007
ÚRGIDO
Solo una dieta degutante que aplaca los ácidos y nada llena.
Solo la bruma y el trabajo intenso sobre las orillas del mar.
Solo el silencio. Quiero vivir, dejar de sobrevivir.
Quiero rondar y bailar con agüita de azahar; sin la plantígrada
que regula y gobierna el occidente. A estas alturas
el camino es demasiado rancio, aunque persista el aire
y la sal apacigüe la cacosmia que nos aleja, súbita,
de los asquerosos muimuyes, no; no hay paz que me detenga.
II
A veces, caen piedras muy grandes, tanto que los autos
terminan abollados y el susto pande entorpeciendo
a los ritos que corean la noche. En la playa existe demasiado polvo,
y ni un solo faro, por ello son impredecibles los tramos;
aunque el aire se dilate y las corridas me empujen con incesantes golpes.
Da flojera conseguir una garrocha y remover la piedra para nada.
III
La ceguera instiga a la dejadez y el desabrimiento
aparta nuestra empresa al borde del inicio sin haber
auscultado los fétidos olores, es demasiado todo esfuerzo
y a pesar de ello, se insiste en la enorme piedra y en el albur
de las providencias venideras, como si para calmar el hambre,
precisáramos de alguna estúpida estrella ¿Puedo acaso vivir de la quimera?
IV
Aquí solo entramos apretados, pero al menos no se insiste
con la enorme piedra o la estrella extenuante.
Siempre la ventana es más firme que nuestra cruz remota.
Solo la bruma y el trabajo intenso sobre las orillas del mar.
Solo el silencio. Quiero vivir, dejar de sobrevivir.
Quiero rondar y bailar con agüita de azahar; sin la plantígrada
que regula y gobierna el occidente. A estas alturas
el camino es demasiado rancio, aunque persista el aire
y la sal apacigüe la cacosmia que nos aleja, súbita,
de los asquerosos muimuyes, no; no hay paz que me detenga.
II
A veces, caen piedras muy grandes, tanto que los autos
terminan abollados y el susto pande entorpeciendo
a los ritos que corean la noche. En la playa existe demasiado polvo,
y ni un solo faro, por ello son impredecibles los tramos;
aunque el aire se dilate y las corridas me empujen con incesantes golpes.
Da flojera conseguir una garrocha y remover la piedra para nada.
III
La ceguera instiga a la dejadez y el desabrimiento
aparta nuestra empresa al borde del inicio sin haber
auscultado los fétidos olores, es demasiado todo esfuerzo
y a pesar de ello, se insiste en la enorme piedra y en el albur
de las providencias venideras, como si para calmar el hambre,
precisáramos de alguna estúpida estrella ¿Puedo acaso vivir de la quimera?
IV
Aquí solo entramos apretados, pero al menos no se insiste
con la enorme piedra o la estrella extenuante.
Siempre la ventana es más firme que nuestra cruz remota.
AFÁN
Esta magnitud se ha presentado honda, demasiado rara;
tanto que mis ojos han evidenciado un perpetuo misterio:
el sondeo impetuoso de los extremos. Saben,
a veces tiendo a saltar, a huir, a quedarme maltrecho;
como si desaparecer acabara con la inquietud de cortarme los frenos
y sólo para saciar mi languidez. ¿Acaso, ustedes, imaginan
cómo me arquitecto? Esta arena es la que abate lo plácido,
la que fustiga las ostras en medio de la obstinación y el desgano
con imperceptibles veladas. ¿Para qué contemplar los rastros
si los moldes son fétidos y no dejan senderos y luego la espuma
los deshace en múltiples partículas? Ahora requerimos de la gran estrella
y un polvo más fértil que la simplicidad de los oleajes.
II
Todavía no he podido desdoblar mis espaldas, ni cambiar la brisa
y en verdad -cualquier estiramiento- generaría un dolor incalculable,
sobre todo si llegara a variar mis posturas, ahora que la búsqueda
se reporta inhóspita; al margen de mis inevitables impulsos.
Soy Afán el que establece lo imperioso, el que desvela y desnivela
las efervescencias, aunque al final de la noche, las ansias apremien enhiestas
y no se aplaquen los ácidos, ni la más mínima zozobra. ¡Cuidado! Alguien viene.
Urgido y su desesperación generan siempre esquizofrenias demasiado gástricas.
III
Han pasado horas y ni siquiera un augurio;
a pesar de las nigromancias. Todavía persisten los malditos ácidos
y estos desvaríos inquietos que desbordan mis calambres,
cuando la mañana se acerca con ridículos aciertos
y es inútil persistir, Afán, urgimos salir, dejarnos de crustáceos,
voltear no cuesta nada y en suma; antes que llegue el sol.
IV
No hay luz, tampoco una voz. Si miramos al cielo encontraremos una estrella
o el indicio del paisaje prometiéndonos el absoluto, en medio de la faz
y esperando el día, lejos de la contemplación e inmediatez.
La preclaridad jamás ha sido fácil, menos la comida.
tanto que mis ojos han evidenciado un perpetuo misterio:
el sondeo impetuoso de los extremos. Saben,
a veces tiendo a saltar, a huir, a quedarme maltrecho;
como si desaparecer acabara con la inquietud de cortarme los frenos
y sólo para saciar mi languidez. ¿Acaso, ustedes, imaginan
cómo me arquitecto? Esta arena es la que abate lo plácido,
la que fustiga las ostras en medio de la obstinación y el desgano
con imperceptibles veladas. ¿Para qué contemplar los rastros
si los moldes son fétidos y no dejan senderos y luego la espuma
los deshace en múltiples partículas? Ahora requerimos de la gran estrella
y un polvo más fértil que la simplicidad de los oleajes.
II
Todavía no he podido desdoblar mis espaldas, ni cambiar la brisa
y en verdad -cualquier estiramiento- generaría un dolor incalculable,
sobre todo si llegara a variar mis posturas, ahora que la búsqueda
se reporta inhóspita; al margen de mis inevitables impulsos.
Soy Afán el que establece lo imperioso, el que desvela y desnivela
las efervescencias, aunque al final de la noche, las ansias apremien enhiestas
y no se aplaquen los ácidos, ni la más mínima zozobra. ¡Cuidado! Alguien viene.
Urgido y su desesperación generan siempre esquizofrenias demasiado gástricas.
III
Han pasado horas y ni siquiera un augurio;
a pesar de las nigromancias. Todavía persisten los malditos ácidos
y estos desvaríos inquietos que desbordan mis calambres,
cuando la mañana se acerca con ridículos aciertos
y es inútil persistir, Afán, urgimos salir, dejarnos de crustáceos,
voltear no cuesta nada y en suma; antes que llegue el sol.
IV
No hay luz, tampoco una voz. Si miramos al cielo encontraremos una estrella
o el indicio del paisaje prometiéndonos el absoluto, en medio de la faz
y esperando el día, lejos de la contemplación e inmediatez.
La preclaridad jamás ha sido fácil, menos la comida.
HABITÁCULO
La visión no es la misma tras el parabrisas que bajo la luna
menos desde el acantilado. Aquí la atmósfera influye
sobre la acumulación de los vehículos en movimiento, color y forma,
así lo oblicuo, junto a los paneles viejos; por esencia
el parqueo contrapone el espíritu a los gestos,
allí donde las aguas conjugan a las voces en una sola identidad.
Es imposible centrar la mirada, permanecer de pie, abrir los ojos;
si el piso vibra en la incomodidad de lo fortuito y los humores
envanecen hasta el final en el rebalse.
II
El resplandor es demasiado débil y sobre la orilla brota un intento
por entender al mar, descomprimirme a latigazos
como si el arrastre delatara mi percepción eterna del paisaje,
la formación temprana de los hombros; mis texturas.
Mis alientos y mis flujos se desarrollan, la sal y el rumor
ondean con fuerza, persisten los muimuyes y la curiosidad;
la incertidumbre; es lo único que hay.
III
Hay una enorme burbuja, un colapso intestinal.
En mis entrañas brotan cientos de ácidos
Mientras la emergencia de cangrejos intempestos,
llama la anorexia, con la negación absoluta del silencio,
la desdentez pérfida de mi boca.
A éstas alturas es imposible la ingestión de crustáceos,
si la efervescencia no comulga con las olas
o su abundancia nos satura de fósforo.
Para cualquier renacuajo es preferible contener primero los impulsos.
IV
Sobre la arena solo hay zapatos viejos, bolsitas de látex,
sucios boletos, la posibilidad inoportuna de coger una alergia
en suma nada -salvo las huellas- de una enorme incertidumbre.
menos desde el acantilado. Aquí la atmósfera influye
sobre la acumulación de los vehículos en movimiento, color y forma,
así lo oblicuo, junto a los paneles viejos; por esencia
el parqueo contrapone el espíritu a los gestos,
allí donde las aguas conjugan a las voces en una sola identidad.
Es imposible centrar la mirada, permanecer de pie, abrir los ojos;
si el piso vibra en la incomodidad de lo fortuito y los humores
envanecen hasta el final en el rebalse.
II
El resplandor es demasiado débil y sobre la orilla brota un intento
por entender al mar, descomprimirme a latigazos
como si el arrastre delatara mi percepción eterna del paisaje,
la formación temprana de los hombros; mis texturas.
Mis alientos y mis flujos se desarrollan, la sal y el rumor
ondean con fuerza, persisten los muimuyes y la curiosidad;
la incertidumbre; es lo único que hay.
III
Hay una enorme burbuja, un colapso intestinal.
En mis entrañas brotan cientos de ácidos
Mientras la emergencia de cangrejos intempestos,
llama la anorexia, con la negación absoluta del silencio,
la desdentez pérfida de mi boca.
A éstas alturas es imposible la ingestión de crustáceos,
si la efervescencia no comulga con las olas
o su abundancia nos satura de fósforo.
Para cualquier renacuajo es preferible contener primero los impulsos.
IV
Sobre la arena solo hay zapatos viejos, bolsitas de látex,
sucios boletos, la posibilidad inoportuna de coger una alergia
en suma nada -salvo las huellas- de una enorme incertidumbre.
ENIGMA
Es verdad
Que para demostrarte que no le temo a las rocas
ni a las jergas roídas,
delimité la longitud ceñida de tus jeanes
y los sillones de estambre donde sedentabas
mientras el aire débil corría por la sala y yo,
(sumido en la arquitectura de esta rectora alusión)
quise apostar a tu ombligo.
Pero sólo hallé la imagen de una blusa hippie
y ese modelo cerrado de sandalias
como si precisaras de un hermético enigma, más...
Fueron pocas las veces que pudiste enseñar tu slip, pocas
o llevar una flor, si nunca mostraste ni un pie.
Y es difícil entrar en ti, muy difícil y peor aún…
Articular con sensatez la conjunción de este lenguaje.
domingo, marzo 05, 2006
SILENCIO
“a ti te escondo la metáfora
para dar paso al temblor inocente”
Janis Palma.
“Estamos solos
y agrietados en la sombra…
en la sombra del poema”.
Ahora que las cosas se están viendo claras:
No preguntes por qué el sol ya no brilla entre los bosques
Por qué correteamos a los grillos en invierno
Por qué la risa es un piano gastado en plena noche
para dar paso al temblor inocente”
Janis Palma.
“Estamos solos
y agrietados en la sombra…
en la sombra del poema”.
Ahora que las cosas se están viendo claras:
No preguntes por qué el sol ya no brilla entre los bosques
Por qué correteamos a los grillos en invierno
Por qué la risa es un piano gastado en plena noche
Y la casa se sumerge en el silencio
Y el mantel que se eleva por los aires
Y el mantel que se eleva por los aires
Las nubes que se empañan en los ojos
Y tendemos a maullar fuertemente nuestras notas
Para romper la barrera que planta tu memoria
En un juego exacerbado de marañas incipientes
Un abanico de recuerdos
tumultuosos y palabras
Y la tapada que reúne las imágenes verbales
Y los hechos que rebalsan
Como el vaso en el deshielo
Como ahorcando un camarón al medio día
Para planchar dos camisas que no pueden calentarse
El calor que no cubre nuestra sombra
Nos colgamos pies-arriba de las ramas
Resumiendo los espejos en el río
Cuando abrimos nuestros brazos al abismo
Cuando vemos al cañón protegido por la hierba
Donde el viento se sumerge entre las aguas
Bosques llenos de cerezos de pantanos de hierbajos
de flores incoloras
Inútil constitución de partículas terrestres
Sangradas como uno fuertemente en el deseo
Soportando la lavanda de tu cuerpo
Sumergiendo la caricia en tu experiencia
Remojando la cabeza en el azufre
Nos cubrimos con cendales los cabellos
Y sentimos nuestro rostro inundado de pureza
Para abordar como nuca el autobús
Hasta llegar a las aguas del Mantaro
Deslizándonos por el ojo de una aguja
Cuando la naturaleza
No es más que una armonía de rarezas
Sobre la búsqueda incesante de un acto significativo
Y nos rodean un conjunto de sonidos inestables
Onomatopeyas líquidamente estrepitosas
Sobre la acumulación de palabras inciertas
Para que Louis Armstrong interprete nuestro himno
Acerquemos la lavanda a nuestro cuerpo
Y lo inextricable que se vuelve inextricable
Espiando muy de noche a nuestros padres
Y lo inextricable que se vuelca a nuestros actos
Engatusando con el vuelto al bodeguero
Y nuestros actos que se pierden en la búsqueda
Llamando seis veces a la puerta
Y la búsqueda que no halla lo significativo
Para cazar lagartijas en el bosque
Y lo significativo es la coalición de versos arrítmicos
El fagot sepultado en la belleza
Y lo arrítmico determina la pureza…
Rociarás tu perfume entre las aguas
Sentada pies arriba en el abismo
Contemplando la silueta de los dioses
Absorta entre las aguas de la rosa
Y preguntaras:
“¿Cuál es el signo de la interrogación?”
Y yo te contestare:
¡Eso me causa admiración…!
Es imperativa mi respuesta
La claridad es un dogma categórico
Elucubrando un máquina celeste
Para combatir fuertemente a la desidia
Inopinando a la palestra de la sombra
Para estructurar la forma de estos versos
Y atravesarlos por el filo de una espada
Hasta convertirlos en un plato de lentejas
Cuando nos comemos las espigas con el vino
Bajo la gota que penetra a la camelia…
Esculpiendo el sentido de esta imagen
Seguimos revolcando nuestro cuerpo entre la hierba
Rodando cuesta abajo en la colina
Hasta que el tambor retumbe entre los bosques
El silencio
Que se entona en el silencio
El conejo que se encierra en la garota
El ciego que se mira en el espejo
Trepamos las ramas del manzano
Sentados a la orilla de una hoja
Hablando dulcemente al viejo sordo
Discutiendo hasta el cansancio con el muro
Una sonrisa… Un gemido… Una caricia…
Como quien torna la mañana en un sombrero
Como quien trata con paciencia al buen abuelo
Para soltarle rascapies entre la media
Con mi abuelo tú solías corretear
Crickckck… Crickckck… Crickckck…
Soltando mi sombrero en pleno bosque
Cantamos la senilidad de los besos
Entumecidos por el hierro de las flores
Para mostrar las cosas claras
Como este poema.
Y tendemos a maullar fuertemente nuestras notas
Para romper la barrera que planta tu memoria
En un juego exacerbado de marañas incipientes
Un abanico de recuerdos
tumultuosos y palabras
Y la tapada que reúne las imágenes verbales
Y los hechos que rebalsan
Como el vaso en el deshielo
Como ahorcando un camarón al medio día
Para planchar dos camisas que no pueden calentarse
El calor que no cubre nuestra sombra
Nos colgamos pies-arriba de las ramas
Resumiendo los espejos en el río
Cuando abrimos nuestros brazos al abismo
Cuando vemos al cañón protegido por la hierba
Donde el viento se sumerge entre las aguas
Bosques llenos de cerezos de pantanos de hierbajos
de flores incoloras
Inútil constitución de partículas terrestres
Sangradas como uno fuertemente en el deseo
Soportando la lavanda de tu cuerpo
Sumergiendo la caricia en tu experiencia
Remojando la cabeza en el azufre
Nos cubrimos con cendales los cabellos
Y sentimos nuestro rostro inundado de pureza
Para abordar como nuca el autobús
Hasta llegar a las aguas del Mantaro
Deslizándonos por el ojo de una aguja
Cuando la naturaleza
No es más que una armonía de rarezas
Sobre la búsqueda incesante de un acto significativo
Y nos rodean un conjunto de sonidos inestables
Onomatopeyas líquidamente estrepitosas
Sobre la acumulación de palabras inciertas
Para que Louis Armstrong interprete nuestro himno
Acerquemos la lavanda a nuestro cuerpo
Y lo inextricable que se vuelve inextricable
Espiando muy de noche a nuestros padres
Y lo inextricable que se vuelca a nuestros actos
Engatusando con el vuelto al bodeguero
Y nuestros actos que se pierden en la búsqueda
Llamando seis veces a la puerta
Y la búsqueda que no halla lo significativo
Para cazar lagartijas en el bosque
Y lo significativo es la coalición de versos arrítmicos
El fagot sepultado en la belleza
Y lo arrítmico determina la pureza…
Rociarás tu perfume entre las aguas
Sentada pies arriba en el abismo
Contemplando la silueta de los dioses
Absorta entre las aguas de la rosa
Y preguntaras:
“¿Cuál es el signo de la interrogación?”
Y yo te contestare:
¡Eso me causa admiración…!
Es imperativa mi respuesta
La claridad es un dogma categórico
Elucubrando un máquina celeste
Para combatir fuertemente a la desidia
Inopinando a la palestra de la sombra
Para estructurar la forma de estos versos
Y atravesarlos por el filo de una espada
Hasta convertirlos en un plato de lentejas
Cuando nos comemos las espigas con el vino
Bajo la gota que penetra a la camelia…
Esculpiendo el sentido de esta imagen
Seguimos revolcando nuestro cuerpo entre la hierba
Rodando cuesta abajo en la colina
Hasta que el tambor retumbe entre los bosques
El silencio
Que se entona en el silencio
El conejo que se encierra en la garota
El ciego que se mira en el espejo
Trepamos las ramas del manzano
Sentados a la orilla de una hoja
Hablando dulcemente al viejo sordo
Discutiendo hasta el cansancio con el muro
Una sonrisa… Un gemido… Una caricia…
Como quien torna la mañana en un sombrero
Como quien trata con paciencia al buen abuelo
Para soltarle rascapies entre la media
Con mi abuelo tú solías corretear
Crickckck… Crickckck… Crickckck…
Soltando mi sombrero en pleno bosque
Cantamos la senilidad de los besos
Entumecidos por el hierro de las flores
Para mostrar las cosas claras
Como este poema.
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